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sábado, 26 de diciembre de 2009

¿Qué es el Cielo?



¿Qué es el Cielo?

La última meta del inagotable deseo de felicidad que cada hombre lleva en su corazón
Autor: Lucrecia Rego de Planas  lplanas@catholic.net
Fuente: Serie "Amigos de Jesús"


¿Qué es el Cielo? La respuesta que nos da el Catecismo


"El Cielo es la participación en la naturaleza divina, gozar de Dios por toda la eternidad, la última meta del inagotable deseo de felicidad que cada hombre lleva en su corazón. Es la satisfacción de los más profundos anhelos del corazón humano y consiste en la más perfecta comunión de amor con la Trinidad, con la Virgen María y con los Santos. Los bienaventurados serán eternamente felices, viendo a Dios tal cual es". (Catecismo de la Iglesia Católica, 1023-1029, 1721-1722)


Seguramente has de estar pensando: "¿Qué el Cielo es qué? ¡No entendí nada! Algo tan difícil de entender no debe ser tan bueno", o tal vez: "¡Qué aburrido suena eso de contemplar a Dios... y por toda la eternidad! A mí me gusta la actividad. Eso de ángeles , querubines y cantos gregorianos... ¡como que no se me antoja!"


¡Claro! Una imagen estática del Cielo resulta muy poco atractiva para cualquiera. Pero el Cielo, de acuerdo con lo que se nos ha dado a conocer en la Revelación, no es como lo pintan en los cuadros.


¿Qué tal si piensas en el Cielo como la suma de todos tus momentos felices, de todos tus deseos cumplidos, de todas tus diversiones realizables? Seguro que te empieza a sonar interesante, pero... es inútil. Todo lo que podamos decir acerca del Cielo, siempre se quedará corto.


Muchos autores y teólogos, ante la imposibilidad de explicar lo que es el Cielo, han intentado describirlo como lo que no es: en el Cielo no habrá sufrimiento, no habrá hambre, ni sed, ni cansancio, ni injusticias, no existirá el dolor y tampoco la muerte. Es un buen intento, pero es demasiado pobre describir el Cielo como la ausencia del mal, pues el Cielo es eso y mucho, mucho más.


El Cielo, sabemos por la Revelación, es felicidad que rebasa nuestros deseos, actividad sin cansancio, descanso sin aburrimiento, conocimiento sin velos, grandeza sin exceso, amor sin afán de posesión, perdón sin memoria, gratitud sin dependencia, amistad sin celos, compañía sin estorbos. En el Cielo, Dios nos concederá mucho más de lo que podemos pedir o imaginar y aún aquello que no nos atrevemos a pedir.


Puedes imaginarte el Cielo como quieras: imagina el lugar más bello que hayas visto, llénalo de todo lo que te guste y quítale todo lo que te disguste, despúes pon en él todo lo bueno que te puedas imaginar, acompañado de gente extraordinariamente buena y simpática, haciendo aquello que más te guste. Cuando hayas terminado de visualizar así el Cielo, puedes estar seguro de que esa imagen es NADA junto a lo que realmente será.


¿Por qué se usa el cielo como símbolo del Cielo? La bóveda celeste, el firmamento, es el símbolo que desde siempre se ha utilizado para representar el Cielo. Este símbolo significa lo trascendente, lo inaccesible, lo infinito. Si observamos el cielo en una noche estrellada, forzosamente nos llenaremos de admiración y sobrecogimiento ante la belleza y la grandiosidad del mismo. Sin embargo, el Cielo, la felicidad eterna, sobrepasa este símbolo.


¿Es el Cielo un lugar? ¿En dónde se encuentra? No lo podemos ubicar ni arriba ni abajo, ni delante ni detrás, pues el Cielo no es un lugar, sino un estado en el cual los hombres encontraremos la felicidad buscada y la conservaremos por toda la eternidad.


¿En el Cielo seremos como ángeles o tendremos también cuerpo? Dios nos ha creado como hombres y nos ama como hombres, por eso, el premio que nos ofrece es para disfrutarlo como hombres, dotados de alma y cuerpo. En el Cielo nuestra alma disfrutará al estar en contacto con Dios y, después de la resurrección de los cuerpos, también disfrutaremos con un cuerpo, aunque será un cuerpo distinto, un cuerpo glorioso que ya no estará limitado por el espacio y el tiempo, como el de Jesús resucitado, que podía aparecer y desaparecer en cualquier lugar. San Pablo habla de esto en I Cor 15, 40 ss.: Sonará la trompeta y los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que ese ser corruptible sea revestido de incorruptibilidad y que ese ser mortal sea revestido de inmortalidad.


¿Cómo podré ser feliz si alguna de las personas a quienes amo están en el infierno? Esto es un misterio, pero la felicidad que recibirás en el Cielo colmará todas tus necesidades y nada podrá limitarla. Tendrás el conocimiento perfecto y una claridad absoluta acerca de las intenciones de los demás, te darás cuenta de que los condenados no están recibiendo un castigo injusto, sino que ellos mismos lo han escogido libre y voluntariamente. Su sufrimiento no afectará tu felicidad plena.


¿Existen diferentes tipos o niveles de felicidad en el Cielo? Sí, pero esto no se debe a que el Cielo sea diferente, sino a que las personas que llegan a él son diferentes. La felicidad será plena para todo el que llegue al Cielo. No es que unos sean más felices que otros, todos serán totalmente felices en la intimidad con Dios , pues todos estarán totalmente llenos de Dios. La diferencia está en que, así como hay vasos grandes a los que les cabe más agua que a otros más pequeños, de la misma manera, hay almas más santas y otras menos, de acuerdo con la capacidad que cada uno desarrolló a lo largo de su vida.


Lo que Jesús nos dijo acerca del Cielo. Jesús nos habla en el Evangelio muchísimas veces acerca del Cielo y nos lo explica en un lenguaje que podemos entender: A los hambrientos les hablaba de pan, a la samaritana de un agua que sacia definitivamente la sed (Jn 4, 1 ss). Hablaba de perlas preciosas (Mt 13, 45.), de onzas de oro, de una oveja perdida y recuperada. Nos habla de un banquete, de una fiesta de bodas, de redes colmadas de peces, de un tesoro escondido en el campo. Todos estos símbolos que utiliza Jesucristo nos pueden dar una idea de la felicidad que tendremos en el Cielo, ya que las felicidades terrenas son una imagen de la felicidad celeste.


Algunos testimonios de los que han visto lo que es el Cielo. Han existido muchos santos a los que Dios les ha concedido la gracia de poder ver lo que es el Cielo. He aquí algunos de sus testimonios, con los cuales han tratado de explicarnos con palabras terrenas lo que nos espera en el Cielo:


San Pablo: Dios es capaz de hacer indeciblemente más de lo que nosotros pedimos o imaginamos (Ef 3,20). Nada son los sufrimientos de la vida presente, comparados con la gloria que nos espera en el Cielo (2 Cor 4,17).


Teresa de Jesús: Pude ver a Jesús en su Santa Humanidad completa. Se me apareció con una belleza y una majestad incomparables. No temo decir que, aunque no tuviéramos otro espectáculo para encantar nuestra vista en el Cielo, ya sería una gloria inmensa. (Vida de Santa Teresa).


San Agustín: Es más fácil decir qué cosas no hay en el cielo, que decir qué cosas hay: En el Cielo contemplaremos y descansaremos, descansaremos y alabaremos, alabaremos y amaremos, amaremos y contemplaremos. (Confesiones).


San Juan de la Cruz: Tanto es el deleite de la vista de tu ser y hermosura, que no la puede sufrir mi alma, sino que tengo que morir viéndola, máteme tu vista y hermosura. (Cántico espiritual).


San Francisco de Asís: El bien que espero es tan grande, que toda pena se me convierte en placer.


¿Qué debo hacer para alcanzar el Cielo? Jesús nos habla en el Evangelio del camino a seguir:


- Entrar por la puerta estrecha (Mt 7,13.).
- Negarte a ti mismo y tomar tu cruz.

- Vender todo lo que tienes y dárselo a los pobres.

- Dejar a tu padre y a tu madre.

- Tomar el arado y no voltear hacia atrás.

- Amar a los otros como Él nos amó (hasta dar la vida por nosotros)


¡Se oye muy fuerte! ¡Parece muy difícil! Sin embargo, si vuelves a leer los testimonios de los santos que han podido verlo, te darás cuenta de que vale la pena y que ningún sufrimiento es demasiado grande para evitar que luchemos por él. Querer ganar el Cielo significa tratar de tenerlo desde ahora y eso, como ya vimos, se logra viviendo las Bienaventuranzas.


Tener el Cielo es tener a Dios y tener a Dios es vivir en gracia. Entre la gloria y la gracia no hay diferencia en esencia: Quien tiene la bellota, ya tiene el encino; quien posee la gracia santificante, posee el Cielo, es decir a Dios. Las diferencias son en el modo de tenerlo: Aquí en la Tierra, quien tiene la bellota, tendrá más tarde el encino. La bellota no es aún el encino, pero llegará a serlo. En la tierra vemos el capullo, en el cielo la flor; en la tierra el amanecer, en el cielo el mediodía; aquí las sombras, allá la luz; aquí lo parcial, allá la plenitud; aquí la lucha, allá la victoria. Los medios para vivir siempre en gracia ya los conoces:


- la oración;
- la huida de las ocasiones de pecado;

- el sacrificio;

- la frecuencia en la recepción de los sacramentos;

- la devoción a la Virgen María,

- la vivencia de las Bienaventuranzas

Para salir victoriosos en el Juicio Final: Jesús nos lo dice claramente: "Venid benditos de mi Padre... porque tuve hambre y me disteis de comer, porque tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, forastero y me acogisteis, enfermo y me visitasteis... Todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis."



















¿Qué es la muerte?


¿Qué es la muerte?
¿Qué nos enseña la Biblia y la Iglesia sobre esta realidad?


1. Definición de "muerte". Con el término "muerte" (lat. mors, gr. thánatos, hebr. máveth) se entiende, según la usanza bíblica, el "detenerse de la vida", de modo que "muerte" representa el contrario de "vida" (lat. vita, gr. zoé, hebr. hayyim).


a) En la literatura bíblica se habla de "vida" de tres modos diversos: la vida física del hombre, ser compuesto de alma y cuerpo, la vida espiritual del alma santificada con la presencia de Dios, y la vida eterna, que es la visión de Dios cara a cara en los cielos. Por ello, en contraposición, se dan también tres tipos de muerte, a saber:

- la muerte física, es decir, la separación del compuesto alma-cuerpo;

- la muerte moral del alma, como consecuencia del pecado original, o del pecado mortal (en este sentido podemos decir que el pecado es la "muerte del alma";

- la "muerte eterna" de la condenación, que el apóstol San Juan llama, en contraposición a los dos primero tipos de muerte, "muerte segunda" (lat. mors secunda, gr. déuteros zánathos). Cfr. Ap 2,11; 20,6.14; 21,8). Esta "muerte segunda" es idéntica a lo que San Pablo llama "destrucción eterna" (2 Tes 1,9), "corrupción" (Gal 6,8), "perdición" (Fil 3,19).


La distinción entre estas tres "muertes" no nos impide, por otra lado, reconocer el nexo profundo entre todas ellas: todo género de muerte es consecuencia del pecado. De todos modos, tanto la muerte del alma (con el pecado mortal, o bien "pecado que lleva a la muerte", según 1 Jn 5,16) como la muerte eterna (el infierno) se llaman "muerte" no en sentido literal, sino en sentido figurado.


b) En sentido estricto se usa la palabra "muerte" para indicar la muerte física, que no es otra cosa que "la separación del alma y del cuerpo". Así hablaba ya San Agustín (De Civitate Dei, XIII, 6), San Clemente de Alejandría (Strom. 7). Las indicaciones bíblicas de la muerte física son tan numerosas como elocuentes:


Con respecto a la manifestación de la corrupción física de los agonizantes o lo ya difuntos, se habla a veces de "disolución" (Fil 1,23; 2 Tim 4,6), a veces de "final" (Mt 10,22), a veces de "salida" (Heb 13,7), a veces de "regreso al polvo" (Gen 3,19).


Cuando se quiere asociar la muerte al pecado como a su causa, se la llama "obra del diablo" (Jn 8,44), el "enemigo de Cristo" (1 Cor 15,26), algo que "Dios no hizo" (Sab 1,13), etc.


Teniendo en cuenta la idea de inmortalidad, se habla de la muerte como de un "dormir" (Dt 31,16; Job 3,13; Salmo 12, 4; Mt 9,24; etc), un "derrumbarse de la tienda terrena" (2 Cor 5,1; 2 Pe 1,14), un "reunirse con sus antepasados" (Gen 15,15), "descanso" (Ap 14,13), "retorno a Dios" (Prov 12,7), etc.


El modo de hablar del tercer punto es el más importante, ya que establece la idea de la inmortalidad del alma: mientras que el cuerpo se corrompe hasta llegar a ser cenizas, el alma es incorruptible e imperecedera. El libro del Apocalipsis nos enseña que la separación alma-cuerpo que implica la muerte física es una situación pasajera, ya que en la resurrección de los muertos, el alma se volverá a unir a su propio cuerpo (ver Ap 20; para la resurrección del propio cuerpo, se puede ver por ejemplo 1 Cor 15,53; 2 Mac 7,11). La situación de las almas separadas de sus cuerpos no debe pensarse como una existencia "inconsciente" o "semiconsciente" como piensan algunos, sino como una supervivencia espiritual con plena conciencia.


2. Doctrina de la Escritura sobre la muerte. La Revelación de Dios nos enseña, con respecto a la muerte, tres cosas fundamentales:

a) la muerte es ley para todos los hombres;

b) la muerte es, en el actual plan de salvación, castigo y consecuencia del pecado;
c) con la muerte termina el tiempo de merecer o de desmerecer ante Dios.


a) La Escritura nos habla de la universalidad de la muerte. Así Rom 5,12: "la muerte pasó a todos los hombres"; Jos 23,14 y 1 Re 2,2 hablan de la muerte como del "camino de todo lo terreno". Heb 9,27: "está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio". Esta es una ley de experiencia: la mortalidad está en las misma constitución humana: los hombres mueren por enfermedad (o por violenta disolución, como por ejemplo en un accidente automovilístico) o por vejez. Sin embargo, cabe preguntarse si de hecho todos murieron o todos morirán, o si por el contrario, por el poder y privilegio divino, algunos no hayan muerto o no morirán. Tenemos algunos ejemplos que hacen surgir la duda.


Enoc y Elías. Sobre Enoc la Biblia nos dice que "fue trasladado para que no viera la muerte" (Heb 11,5; también Gen 5,24; Sir 44,16; 49,16). De Elías leemos que "apareció un carro de fuego y caballos de fuego que separó a los dos [a Elías de Eliseo]. Y Elías subió al cielo en un torbellino". No podemos dudar, pues, que ambos fueron llevados por Dios con sus cuerpos, preservados de la muerte. San Agustín decía sobre ellos: "Vivunt Henoch et Elias; translati sunt; ubicumque sunt, vivunt" ("Enoc y Elías viven; fueron llevados, de modo que donde sea que estén, viven"; Sermón 29,11). Sin embargo, esto no significa necesariamente que ninguno de ellos deba jamás morir; en efecto, desde Tertuliano en adelante, el sentir del pueblo cristiano ha creído que los "dos testigos" de Ap 11,3ss serán precisamente Enoc y Elías, que vendrán al fin de los tiempos como predicadores de conversión, y que ofrecerán sus vidas como mártires en la lucha contra el Anticristo. De todos modos, esta opinión no es compartida por todos los Padres de la Iglesia (así por ejemplo San Jerónimo).


Los "sobrevivientes". Se trata de los justos que vivirán al momento de la segunda venida del Señor. La Escritura parece enseñar que estos adquirirán la cualidad de los resucitados in-mediatamente, es decir, sin pasar por la muerte. De las cartas de San Pablo mencionaremos dos pasajes. En el primero (1 Cor 15,51) leemos: "no todos nos dormiremos, pero todos seremos transformados". El segundo testimonio (1 Tes 4,14ss) es aún más claro: "Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Él a los que durmieron en Jesús ... nosotros los que estemos vivos y que permanezcamos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron ... y los muertos en Cristo se levantarán primero; entonces nosotros, los que estemos vivos y que permanezcamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes al encuentro del Señor en el aire, y así estaremos con el Señor siempre". Estos textos de San Pablo han suscitado, desde la antigüedad, opiniones diversas. San Juan Crisóstomo y San Jerónimo, por una parte, piensan que los cuerpos de los justos que aún vivan serán inmediatamente transformados, sin tener que pasar por la muerte; esta es la doctrina más común en la Iglesia. Por otra parte San Ambrosio y San Agustín piensan que la última generación deberá pasar por un cierto "dormir" antes de ir al encuentro del Señor: de este modo se salvaría la ley universal de la muerte, a la que están sujetos "todos los hombres", como hemos visto. En otras palabras, "no todos dormiremos" se interpretaría como "no todos dormiremos el largo sueño que la mayoría de los muertos duermen", sino que seremos muertos e inmediatamente resucitados. Finalmente, algunos prefieren decir que cuando Pablo dice "nosotros los que vivimos" debe tomarse en el sentido condicional, permitido por la gramática de la oración griega: "si nosotros vivimos para ese entonces..."


Estamos pues delante de una cuestión cuya explicación no ha alcanzado unanimidad, al menos hasta el momento. De cualquier modo que se interprete el texto, queda claro el principio, a saber, por naturaleza todos los hombres deben someterse a la ley de la muerte; esto no impide que algunos, por designio divino, no deban de hecho atravesar la muerte para estar con el Señor.


En este contexto podemos agregar también el caso de María, la Madre de Jesús. No sabemos si murió o no; sabemos que fue llevada a los cielos en cuerpo y alma. ¿La preservó el Señor de la muerte, o la resucitó? Si bien Dios, en su infinita omnipotencia y sabiduría, podía hacer de una u otra manera, la doctrina más común es que María realmente murió, como Jesús, y fue luego resucitada. Su "dormir" fue "muy breve". ¿Tal vez una imagen del "breve dormir" de los justos de la última generación, de la que hablaba San Agustín?


b) La Escritura nos enseña que la muerte es castigo-consecuencia del pecado. Esta es una doctrina claramente enseñada por la Iglesia ya en los primeros siglos: nuestros primeros padres, en la situación paradisíaca, estaban dotados de inmortalidad física; la muerte les fue dada como castigo por el pecado cometido. (Se puede ver Denzinger-Shönmetzer 222 y 372; también 1512 y 1521).


Así aparece claramente en las Escrituras. Dios advirtió a nuestros primeros padres que, de transgredir ellos el mandato que les había dado, morirían (ver Gen 2,17 y 3,19). "Dios no creó la muerte" (Sab 1,13), sino que esta entró en el mundo "por la envidia del diablo" (Sab 2,24). Dado que el pecado de nuestros primeros padres implicó a todo el género humano, por ello pudo decir San Pablo que "por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado, la muerte" (Rom 5,12). Por ello "el salario del pecado es la muerte" (Rom 6,23). En otras palabras, "en Adán todos murieron" (1 Cor 15,22).


Los Padres de la Iglesia son unánimes en predicar la relación causa-efecto que existe entre el pecado y la muerte. Buen ejemplo es San Agustín en su trabajo contra Juliano, en el cual resume la posición de los Padres anteriores a él.


¿Qué decir de la Salvación que nos trajo Cristo? Por cierto que la obra salvadora de Cristo produce, para el que cree, la cancelación de la muerte ética del alma, es decir, del pecado, y en consecuencia conlleva también la cancelación de la "muerte segunda", es decir, de la condenación eterna. Pero Cristo no devolvió al género humano el don preternatural (del que gozaban nuestros primeros padres antes de la caída) de la inmortalidad física (ver Rom 5,17ss). Por el Bautismo, sin embargo, la muerte pierde su valor de castigo, ya que en los justificados no queda nada que merezca la condenación. El Concilio de Trento lo enseña de este modo:


"Dios por cierto nada aborrece en los que han renacido; pues cesa absolutamente la condenación respecto de aquellos, que sepultados en realidad por el bautismo con Jesucristo en la muerte (Rom 6,4), no viven según la carne (Rom 8,1), sino que despojados del hombre viejo, y vestidos del nuevo, que está creado según Dios (Ef 4,22ss; Col 3,9s), pasan a ser inocentes, sin mancha, puros, sin culpa, y amigos de Dios, sus herederos y partícipes con Jesucristo de la herencia de Dios (Rom 8,17)." (Denzinger-Shönmetzer 1515)


Pablo proclama: "No hay condenación alguna para los que están en Cristo Jesús" (Rom 8,1)


¡Pero los justificados en Cristo Jesús también mueren! Si, pero la muerte en ellos no es el castigo de sus pecados, sino que adquiere el carácter de "consecuencia" de la situación actual de pecado: Dios no los libra de la muerte física por un sabio designio de su voluntad para prueba y purificación de sus elegidos. Solo en Cristo y María la muerte no tuvo ni el carácter de castigo por el pecado ni tampoco fue una consecuencia del mismo.


c) La Escritura nos enseña que con la muerte termina definitivamente para el tiempo de merecer o de desmerecer. La situación de los que mueren es ya definitiva: ellos han llegado al fin de sus carreras. Y esto es así por la naturaleza misma del ser humano: mientras vivimos en el cuerpo, podemos elegir, arrepentirnos, volver atrás. No así cuando el espíritu se separa del cuerpo, ya que entonces el espíritu se decide de modo irreversible a favor o en contra de Dios. El espíritu humano continúa usando de su libertad, pero la nueva condición le permite que sus decisiones sen irrevocablemente perdurables, de modo similar como sucede con los ángeles: ellos "decidieron" por Dios o contra Dios (estos últimos se convirtieron en demonios) y esta decisión, tanto para unos como para otros, es irreversible, aunque mantengan ambos su libre voluntad.


A esta enseñanza se oponen los sostenedores de la doctrina de la reencarnación (o metempsicosis) y de la doctrina de la apocatástasis (conversión final de todos los demonios y condenados).


La reencarnación de las almas es una doctrina que proviene, probablemente, del Hinduismo, pasando por Grecia (Pitágoras, Platón, neoplatónicos...; ver el artículo La reencarnación, en nuestro sitio). Según esta doctrina, el alma emigraría, después de la muerte, hacia otro cuerpo, sea éste de la misma raza o de otra raza, de un animal o de una planta, de nivel alto o bajo en la escala de seres vivos, cuerpo sano o enfermo, dependiendo siempre de los méritos (buen comportamiento) que haya adquirido en la vida anterior. Este proceso continuaría hasta que, totalmente purificada, el alma alcanzaría la libertad con respecto a toda corporalidad y sería de este modo completamente feliz. Hoy en día esta doctrina es mantenida también por el Budismo y por otras corrientes, generalizadas con el nombre de New Age.


La apocatástasis (del griego = restauración, reparación) fue mantenida, muy probablemente, por Orígenes. Según esta enseñanza, todos los espíritus, almas y demonios, purificados en el más allá, terminarían contemplando a Dios en la gloria del Paraíso. Esta doctrina, subrayada sobre todo por los seguidores de Orígenes, no encuentra sostenedores entre los demás Padres.


La Iglesia condenó la enseñanza de la apocatástasis o salvación universal ya en el sínodo de Constantinopla del 543 (Denzinger-Schönmetzer 411). En muchas otras ocasiones la Iglesia confirmó en su enseñanza oficial la eternidad, sea del premio ("cielo") sea del castigo ("infierno").


La Sagrada Escritura, usando de serias y repetidas advertencias, exhorta a usar el tiempo presente para hacer lo que es bueno y recto. Así en el Antiguo Testamento como en el Nuevo (ver particularmente Mt 24,42-46; 25,13ss; Mc 13,35ss; Lc 12,40; comparar estos textos con Ap 16,15). En la parábola de Lázaro y el rico (Lc 16,19) se proclama que, luego de la vida en esta tierra, la distancia entre los que están "en el seno de Abraham" y los que están en el "los tormentos" es una distancia "infranqueable", es decir, no hay posibilidad de "conversión" (Abraham le recuerda el rico en tormentos: "hay un gran abismo puesto entre nosotros y vosotros, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, y tampoco nadie pueda cruzar de allá a nosotros"). Pablo enseña a los Corintios (2 Cor 5,10) que cada uno recibirá del Señor la recompensa "por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo".


Queda pues claro que "mientras estamos en el cuerpo" merecemos o desmerecemos. ¿Existe alguna posibilidad de re-encarnarnos en otros seres antes de llegar a nuestro destino definitivo? No, "pues está decretado que los hombres mueran una sola vez y después el juicio" (Heb 9,27).

El Catecismo de la Iglesia Católica trae los siguientes textos cuando nos enseña sobre la muerte; queremos terminar este pequeño trabajo con sus mismas palabras (números 1005-1014):


MORIR EN CRISTO JESÚS


Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario “dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor” (2 Cor 5, 8). En esta “partida” (Flp 1, 23) que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos.


La muerte


“Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre”. En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es “salario del pecado” (Rom 6, 23) . Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección.


La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como el desenlace normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida: "Acuérdate de tu Creador en tus días mozos..., mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio" (Qo 12, 1.7).


La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre. Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado. “La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado”, es así “el último enemigo” del hombre que debe ser vencido.


La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella, la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición.


El sentido de la muerte cristiana


Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. “Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia” (Flp 1, 21). “Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él” (2 Tim 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente “muerto con Cristo”, para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este “morir con Cristo” y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor:


"Para mí es mejor morir en (“eis”) Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a El, que ha muerto por nosotros; lo quiero a El, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima... Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre". (San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 6,1-2)


En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de san Pablo: “Deseo partir y estar con Cristo” (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo:


"Mi deseo terreno ha sido crucificado...; hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí “ven al Padre”. (San Ignacio de Antioquia, Carta a los Romanos, 7,2)


"Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir. Yo no muero, entro en la vida." (Santa Teresa de Jesús, Vida, 1)


La visión cristiana de la muerte (ver 1 Tes 4,13-14) se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia:


"La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo". (Misal Romano, Prefacio de la Misa de Difuntos).


La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin “el único curso de nuestra vida terrena” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 48), ya no volveremos a otras vidas terrenas. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez” (Heb 9, 27). No hay “reencarnación” después de la muerte.


La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte (“De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor”: antiguas Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte” (Avemaría), y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte:


"Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?" (Imitación de Cristo, I,23,1)


"Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!"
(San Francisco de Asís, Cántico de las Criaturas).



viernes, 25 de diciembre de 2009

Así pensaba Martín Lutero de la Virgen María




Así pensaba Martín Lutero de la Virgen María

Fundador del Protestantismo


- “Las grandes cosas que Dios ha realizado en María se definen es esto: Ser "La Madre de Dios". Con esto le han sido concedidos muchísimos otros bienes, que nadie podrá nunca comprender. De ahí se deriva todo su honor, toda su bienaventuranza y que ella sea, en medio de toda la raza humana una persona del todo singular e incomparable. Ella ha tenido con el Padre celeste un niño, y un niño tal. Que se comprende todo su honor, cuando se le llama Madre de Dios.


- Nadie puede decir otra cosa mayor de ella. Hay que meditar en el corazón lo que significa ser Madre de Dios”. Martín Lutero, Auslegung des Magníficat, 1522: LW 7,572


- “Y ningún hombre, ni siquiera el demonio, tiene que saber cómo puede suceder que una mujer virgen quede encinta sin varón. Pues porque ahí actuaron las Tres Divinas Personas. La obra ha de ser realizada por las tres, aunque esa actuación Divina acabe únicamente en la persona del Hijo” Martín Lutero, 28 Dezember 1544: LW 49,646


- “A José le cabe un gran honor ante Dios. A él le fueron confiados el Hijo de Dios y su Madre. Así José es un carpintero, que actúa como cualquier hombre de pueblo y que trabaja en lo oculto. Pero quedó escrito para nosotros para que sepamos que Cristo vino y que su Madre fue Virgen, aunque bajo el velo de esposa se ocultaba la virgen antes y después del nacimiento”. Martín Lutero, Predigt 24 Dezember 1540: LW 49,174


- En textos como Juan 2,12; 7,2; Mateo 12,46; Hechos 1,14: Uno se preocupa y pregunta ¿cómo el Señor Jesús pudo tener hermanos, dado que él era el hijo único de María, y la virgen María no fue madre de ningún otro hijo? Entonces algunos responden que eran hijos de un matrimonio precedente de José, antes de estar con María; éstos fueron llamados después “hermanos de Cristo”; otros dicen que José tuvo junto con María otra mujer, tal como estaba permitido entre los judíos… Yo creo que “hermanos” aquí significa “primos”, dado que los judíos y la Sagrada Escritura llamaban a todos los primos “hermanos” Martín Lutero, 1537/1538: LW 46,723


- “La carta a los Hebreos dice que Sara pidió por la fe, obtener la concepción, para que comprendas que ella quedó encinta de Abraham siguiendo el curso normal de la naturaleza, no a través de un milagro. Este milagro sí aconteció en La Virgen María que concibió en su seno, pero de su propia semilla, no de la semilla de un hombre. Para ello el Espíritu Santo la cubrió con su sombra” Martín Lutero, 1535 bis 1545: LW 43,22


- “María permaneció virgen, Pues tras sentirse Madre del Hijo de Dios, no deseó ser madre de ningún otro hombre, sino permanecer en esta Gracia” Martín Lutero, Tischrede n.4435 Ergänzungen, 1539: LW 48,579


Sermones de Martín Lutero:


- No cabe duda de que la Virgen María está en el cielo. Cómo ocurrió no lo sabemos. Es suficiente saber que ella vive en Cristo (Sermón del 15 agosto de 1522)


- La veneración de María está en las profundidades del corazón (Sermón, 1 de septiembre de 1522)


- María es la mujer más encumbrada y la joya más noble de la cristiandad después de Cristo... ella es la nobleza, sabiduría y santidad personificadas. Nunca podremos honrarla lo suficiente. Aún cuando ese honor y alabanza debe serle dado en un modo que no falte a Cristo ni a las Escrituras (Sermón, Navidad 1531)


- Ninguna mujer es como tú. Tú eres más que Eva o Sara Bendita sobre toda nobleza, sabiduría y santidad. (Sermón, Fiesta de la Visitación, 1537).


- Cada uno tendría que honrar a María tal como ella misma lo expresó en el Magníficat. Ella alabó a Dios por sus obras. ¿Cómo podremos entonces nosotros alabarla? El verdadero homenaje de María es en honor de Dios, la alabanza de la Gracia de Dios...María nada es por su propio mérito, sino por el mérito de Cristo...María no desea que vayamos a ella sino a través de ella hacia Dios. (Explicación del Magníficat, 1521)


Lutero exalta a la Bienaventurada Virgen dándole la posición de "Madre Espiritual" para los cristianos:


- Es consuelo y sobreabundante bondad de Dios que el hombre pueda exultar en semejante tesoro: María es su verdadera Madre... (Sermón, Navidad, 1522)


María es la Madre de Jesús y Madre de todos nosotros aunque Cristo solamente fue quien reposó en su regazo...Si Él es nuestro, debiéramos estar en su lugar; ya que donde Él está debemos estar también nosotros y todo lo que Él tiene debe ser nuestro, y su madre es también nuestra madre. (Sermón, Navidad, 1529)


- "Es dulce y piadoso creer que la infusión del alma de María se efectuó sin pecado original, de modo que en la mismísima infusión de su alma ella fue también purificada del pecado original y adornada con los dones de Dios, recibiendo un alma pura infundida por Dios; de modo que, desde el primer momento que ella comenzó a vivir fue libre de todo pecado" (Sermón: "Sobre el día de la Concepción de la Madre de Dios"1527).


- Ella es llena de gracia, proclamada ser enteramente sin pecado (algo excesivamente grande). Para que la gracia de Dios la llenara con todo bien e hiciera que ella libre de todo mal (Personal {"Pequeño"} Libro de oración, 1522).















¿Qué es la Renovación Carismática Católica?



¿Qué es la Renovación Carismática Católica?




Un movimiento mundial, pero no uniforme, ni unificado. No tiene fundador particular, ni un grupo de fundadores como muchos otros movimientos. La Renovación Carismática Católica (RCC) es una corriente de gracia por medio de la cual el Espíritu de Dios nos lleva a vivir de manera vivencial la realidad del Cuerpo de Cristo. La Renovación es una conversión y entrega constante a Dios, una docilidad creciente al Espíritu Santo. De allí que para la Iglesia, la Renovación es un Pentecostés actual para renovar la Iglesia de hoy. La RCC, más que ser un movimiento en la Iglesia, es la Iglesia en movimiento. En ese sentido se expresó el cardenal León Joseph Suenens cuando escribió en su Carta Pastoral para Pentecostés de 1973 lo siguiente:
“Digamos de una vez que no se trata de un Movimiento nuevo en el sentido usual del término, sino de una corriente de gracias que el Espíritu Santo hace surgir por todas partes. La Renovación Carismática no es un movimiento, sino el moverse del Espíritu Santo”.
Por su parte, monseñor Alfonso Uribe Jaramillo (Colombia), la definió de esta forma:
La RCC es:
- Un mejor conocimiento de la Persona y de la Obra del Espíritu Santo. - Una experiencia profunda de su presencia en nosotros y de acción en nuestras vidas. - Una entrega sin limitaciones a la conducción del Espíritu Santo y una constante docilidad para seguir sus inspiraciones. - Es la renovación del amor en todas sus proyecciones (Del libro: “Conozca la Renovación Carismática”).


El padre Benigno Juanes s.j., destacado líder de la RCC de República Dominicana, la define de esta manera:

“La Renovación Cristiana en el Espíritu Santo –como también se conoce en algunos países a la RCC– es el redescubrimiento experimental del poder del Espíritu Santo en cada uno y en la Iglesia, y la apertura a su acción, para vivir el Evangelio en plenitud (hasta sus últimas consecuencias), para evangelizar con poder, ser testigos de Cristo resucitado y renovar todas las formas de presencia –y servicio– de Cristo en la Iglesia y en el mundo” (Del libro: “¿Qué es la Renovación Carismática Católica y qué pretende?”).

Fundamentación Teológica de la Renovación. La base teológica de la Renovación Carismática está en el Misterio Trinitario y, particularmente en el conocimiento progresivo de la Persona del Espíritu Santo y en su acción insustituible e ininterrumpida en la Iglesia y en cada uno de nosotros. Pero la Renovación no se centra exclusivamente en el Espíritu Santo, minimizando la acción del Padre y la de Jesús. Muy al contrario, el Espíritu Santo es quien da al cristiano testimonio de Jesús (Jn 15, 26) y quien lo capacita para que sea testigo de su resurrección. Precisamente uno de los frutos de la Renovación es la proclamación alegre que muchos están haciendo de un Jesús vivo, «constituido Señor y Cristo por Dios» (Hch 2, 36) y a quien están sirviendo con gozo pascual.


Comunicamos una Experiencia Fundamental. Debemos conocer también qué es la Renovación Carismática, según los Estatutos del ICCRS, aprobados por S.S. Juan Pablo II. Allí se nos dice que:
“La Renovación Carismática Católica es un movimiento mundial, pero no uniforme, ni unificado. No tiene fundador particular, ni un grupo de fundadores como muchos otros movimientos. No tiene lista de miembros participantes. La Renovación Carismática es la reunión muy diversa de individuos, grupos y actividades, con frecuencia del todo independientes unos de otros, en diferentes grados y modos de desarrollo, con diversos énfasis; y que sin embargo participan de la misma experiencia fundamental y persiguen los mismos objetivos generales”.
 Esta experiencia fundamental es la efusión del Espíritu Santo –o bautismo en el Espíritu–, que es una renovación de las gracias recibidas en nuestro bautismo sacramental, y que nos lleva a vivir la vida nueva en el Espíritu.











jueves, 24 de diciembre de 2009

¿Qué es la Legión de María?



¿Qué es la Legión de María?



Es una organización apostólica de laicos en la Iglesia Católica con más de 10 millones de miembros activos y millones de auxiliares en el mundo, nació en Dublín, Irlanda el 7 de setiembre de 1921. Las oraciones legionarias se rezan ya en 125 lenguas distintas. Ha sido aprobado por los 6 últimos Papas y fue endorsada por el Concilio Vaticano II.


EL NOMBRE de Legión de María obedece a que el espíritu de la organización quiere ser el mismo de la Virgen Santa María. Ella es la reina de los Apóstoles, porque fue la primera en presentar a Cristo ante los hombres.


¿QUIÉNES PUEDEN PERTENECER? TODO CATÓLICO que practique fielmente su religión y desee ser útil a la Iglesia y a la sociedad, y que esté dispuesto a cumplir las normas funcionales de la asociación. La Legión de María no es privativa de tipos escogidos, sino que representa el auténtico catolicismo. Solo exige ganas de darse a los demás.


¿QUÉ HACE? Orar y trabajar apostólicamente. Funciona con reuniones semanales de grupo, donde se ora, se revisa la actividad apostólica, y se estudian temas formativos para hacer más eficaz el apostolado. Los grupos son mixtos de unos 12 miembros dirigidos por 4 seglares y un sacerdote. Existen grupos para adultos a partir de los 18 años. Para menores de edad hay grupos de semilleros (niños de 5 a 10 años), juveniles (de 11 a 14 años) e Intermedios (de 15 a 18 años).


SU SISTEMA es bien sencillo. Cada legionario activo debe:


1. Asistir puntual y semanalmente a la junta de su grupo, donde se mezclan íntimamente la revisión del trabajo efectuado, la formación espiritual y humano-apostólica, con la oración en común.


2. Rezar diariamente la Catena, que es el Magníficat de la Virgen, la oración de los pobres y de los humildes.


3. Realizar un trabajo apostólico concreto cada semana, con duración mínima de dos horas, acompañado de otro legionario.


4. Mantener en secreto los asuntos discutidos en la Junta o conocidos en el ejercicio del trabajo legionario.


NO ES MUCHO PEDIR. El Concilio Vaticano II ha sido bastante más duro al decir del católico que no hace apostolado en la medida de sus posibilidades, que "debe considerarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo" (AA, Nº 2).


LOS TRABAJOS deben ser activos y sólidos. Portarse bien en casa, en el colegio, centro de estudios o trabajo, realizar ejercicios de piedad, etc. no constituye un trabajo legionario; todo esto tiene que hacerse por añadidura, porque, sin ello, todo lo demás sobraría. Fuera de lo indicado, cualquier otro trabajo puede servir como labor legionaria, pero debe ser señalado por el grupo. He aquí algunos ejemplos:


Visitas a toda clase de personas para alentarlas en su vida cristiana.
Encuestas entre jóvenes sobre temas de la realidad actual.
Enseñanza religiosa: catequesis, círculos de estudio, retiros bíblicos, asambleas familiares, grupos de rosario...
Visita a enfermos, ancianos, discapacitados, encarcelados, infectados por el SIDA, drogadictos, etc.
Difusión de periódicos y libros católicos. Librerías ambulantes.
Campañas de alfabetización y clases de cultura.
Formación de equipos litúrgicos.
Visita a niños en albergues y en hospitales.
Contactos callejeros en las calles y parques.
Charlas de Planificación Familiar Natural: Método de la Ovulación Billings.
Contacto con personas que van a cometer un aborto.


Los semilleros y juveniles hacen un apostolado de formación. Siempre debe darse preferencia al apostolado entre jóvenes, por aquello del Vaticano II: "Los jóvenes deben convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles con los jóvenes" (AA, Nº 12)


NO ES LABOR de la Legión de María dar socorro material (dinero, ropas, etc). Se trata de llevar algo más importante. Recuérdese que también los Apóstoles prefirieron dedicarse a anunciar el Mensaje de Cristo y eligieron otros que cuidaran a los necesitados (Hech. 6, 2). Por eso, también la Legión de María tiene prohibido recaudar fondos fuera de ella a favor de nada ni de nadie. Su única fuente de ingresos es la colecta voluntaria y secreta que se hace en cada junta.



LO QUE PERSIGUE la Legión de María es entablar un contacto de verdadera amistad con cada persona individual. Intenta llenar de amor lo que está vacío de él, convencida de que sólo así podrá cambiarse el mundo.


DE LOS SOCIOS.


Socios Activos: pueden ingresar todo católico que practique fielmente su religión, desee ser útil a la Iglesia y sociedad; y que esté dispuesto a cumplir las normas funcionales de la asociación. Asumen asistir puntual y semanalmente a la junta de su grupo; rezar diariamente la Catena; realizar un trabajo apostólico cada semana, con duración mínima de dos horas, acompañado de otro legionario; y a mantener en secreto los asuntos discutidos en la Junta o conocidos en el ejercicio del trabajo legionario.


Los Socios Auxiliares en cambio prestan un servicio de oración y pueden ingresar sacerdotes, religiosos y seglares que no pueden o no quieren asumir los deberes del socio activo.


El servicio de los auxiliares consiste en rezar diariamente las oraciones contenidas en la Téssera (hojita de oraciones), a saber: la invocación y la oración al Espíritu Santo; cinco decenas del Rosario y las oraciones que siguen después; la Catena y, por último, las oraciones finales. Los que recen el Rosario diariamente por cualquier intención que sea, pueden hacerse Socios Auxiliares sin obligación de añadir otro Rosario.


¿CÓMO SE ENTRA A LA LEGIÓN? Basta que se nos invite. Para que Ud. conozca mejor la Legión, infórmate en alguna Parroquia.